Capítulo 1
Marca de tiza
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El escenario olía a madera y a polvo de décadas. Clara y Héctor, ambos de veintiocho, habían ensayado el beso diecisiete veces. El director se había ido. Quedaban las butacas vacías y una tiza que marcaba dónde debía caer el vestido.
—¿Lo hacemos sin texto? —preguntó Clara.
Héctor se rió, pero no de ella. Era la primera vez que se quedaban a solas después de tres meses de rozarse la boca por trabajo. Se quitaron el personaje como se quita un abrigo. El primer beso que no estaba en el libreto les salió torpe y honesto. Clara le tomó la cara con las dos manos y él, por fin, dejó de contar tiempos.