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Audios picantes

La carta que no debí abrir

Capítulo 2

El estacionamiento de siempre

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Quedaron en el estacionamiento del edificio de oficinas, como si fueran dos extraños con la misma cita. Andrés cerró la puerta del coche y no la tocó. Eso fue peor.

—Tenía que saber si eras tú —dijo.

Marina se sentó en el asiento del copiloto. El aire olía a cuero y a lluvia. Hablaron de la carta, de la mujer que la había escrito, de lo que no debían. Cuando él apoyó la frente en el volante, ella le tomó la muñeca. El contacto fue breve y suficiente para que ambos entendieran que el tabú no estaba en la sangre, sino en lo que se habían guardado durante años de cenas familiares.

Salieron del coche sin besarse. Se prometieron no repetirlo. A las once de esa misma noche, el teléfono de Marina vibró con una sola palabra: «Otra vez.»